PROHIBIDO ESTAR SOLO / The Lobster – Yorgos Lanthimos

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Seguramente en algún momento de tu vida has cedido ante los intereses de otra persona, afirmando que tu tenías los mismos hobbies que ella. No pasa nada. Es común a ciertas edades (en ocasiones no sólo en la adolescencia) y puede que por falta de carácter o miedo al rechazo, adulteremos nuestros gustos sólo por estar con esa persona que nos despierta curiosidad. Es el día a día de las relaciones… Construir fachadas para dar buenas presentaciones.

No queremos que nadie vea el cuarto de los trastos y tampoco queremos acabar solos por ser distintos. Vivimos en un mundo irónico en si mismo, aislado e individualista pero que nos obliga, sutilmente, a tener pareja. “Para solteros exigentes” que diría el eslogan. En esa diatriba de reflexiones es donde se sumerge LANGOSTA. Más allá de ser una mera actualización de estas nuevas vías de conexión humana, Lanthimos retrata las relaciones de forma cruel y descorazonadora, pero incisiva hasta la incredulidad.

El cineasta tiene la extraña habilidad de plantear situaciones de trasfondo muy dramático mediante una distancia no exenta de cierta calidez, donde el estatismo de los personajes en una escena parece estar en lucha con la complejidad de emociones que bullen en el subtexto. Una quietud que provoca risa en algunos espectadores y que se ejemplifica perfectamente en la escena en la que Colin le pregunta a Rachel si sabe alemán, mientras ella, de pie y totalmente quieta, se agarra a las ramas de un árbol mirando a la distancia y sonriendo levemente. Se plantean las posibilidades de una vida que no saben si podrán tener pero es una vía de escape a un mundo donde el amor es ciego, literalmente, y está regido por convencionalismos y por reglas que no admiten medias tintas. Porque en el mundo de Lanthimos, las dudas están prohibidas, pero no por la indecisión en si misma, sino por el afán que tenemos de etiquetarlo todo. “¿Admiten la bisexualidad?” pregunta Colin Farrell. “No. Debe registrarse como heterosexual u homosexual.” Le responde la secretaria. A la larga nuestro protagonista se dará cuenta de que, para conectar realmente con alguien deberá hacerlo fuera de las normas que le impone el colectivo. Ni El Hotel, donde los solteros son obligados a encontrar pareja en menos de 45 días, ni los solitarios que se refugian en El Bosque, donde están prohibidas las relaciones sexuales pero se permite la masturbación, parecen ofrecerle lo que está buscando. Lo que busca cualquiera de nosotros si lo que realmente queremos es un sentimiento genuino.

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Hay una reflexión vital que plantea el protagonista durante su estancia en El Hotel poco después de un hecho que, aunque parece no haberle afectado, es lo que provoca esta idea, evidenciando parte del dilema interior de las relaciones amorosas: “Es más difícil fingir querer a alguien sin estar realmente enamorado que fingir indiferencia por alguien a quién quieres”. Y es que muchas veces, en nuestro afán de no estar solos, acabamos forzando una situación que no existe, tal como lo hace Ben Whishaw, golpeándose la nariz con el borde de la piscina para provocarse hemorragia nasal y que la chica que sufre el mismo síntoma sienta que, por casualidades del destino, ambos parezcan tener una conexión diferente al resto. Eso está bien cuando no es fingido. Cuando no es algo planeado y teatral. Pero ocurre que somos unos teatreros, y ocurre más veces de las que queremos admitir. Por eso Lanthimos opta por eliminar prácticamente la individualidad de su película. Porque lo que nos define no es nuestro nombre sino nuestros defectos o virtudes, nuestras particularidades. Las mismas que nos harán diferente al resto y nos condicionarán en nuestra búsqueda de un compañero que sepa aceptarlas o vea algo interesante en ellas.

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Toda la película esta regida por unas ideas de colectividad donde la masa obliga al individuo a amoldarse a su sistema social, reflejando no sin cierto cinismo, la animadversión mutua que existe entre las parejas y los solteros. Y aunque el director nunca se posiciona claramente a favor de ninguno de ellos, criticando a ambos con la misma intensidad cínica, sí parece tener clara una cosa: El amor debe ser algo sincero y no fruto del miedo a estar sólo. Sólo así se explica la legitima lucha de Lea Seydoux por demostrar hasta que punto el amor es sacrificio o está maquillado de este terror al aislamiento. Pero ni su actitud es la correcta, ni tampoco lo es la de Olivia Colman, representante del Hotel y dueña de una ridícula solemnidad que la actriz transmite a la perfección. Curiosamente, ni siquiera la actitud de los enamorados está exenta de cierto egoísmo. Lo verbaliza la propia Rachel Weisz (en un trabajo conmovedor) en un momento concreto, muy doloroso, cuando se pregunta ‘¿por qué a mi? ¿por qué no a él?’. Porque, parece decir Lanthimos, el amor como entrega absoluta no existe y siempre va acompañado de un sentimiento de satisfacción propio que se revela de distintas formas. Ni siquiera al final, en la mesa de una cafetería de carretera, nos van a rebatir la respuesta. Rachel seguirá esperando, como lo hacemos todos…

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